El vuelo apenas iba por sus primeras seis tranquilas horas, lo que indicaba que todavía restaba toda la otra mitad del viaje.
Definitivamente ya no sabía en que posición ponerme.
Ya nos habían servido el almuerzo, había leido el diario de punta a punta, había dormido con bastante éxito un buen rato y hasta tuve oportunidad de hacer tres visitas al baño. Dentro de todo no estaba tan mal: a fin de cuentas ya había pasado casi la mitad del tiempo estimado para llegar a Madrid.
Cuando fue oficial que no sabía que más hacer, decidí sacar mi libro de emergencia y abstraerme de la realidad leyendo un par de horas. Leer en los viajes no es algo que me siente precisamente bien, pero como la película que estaban dando era malísima y mi prima dormía como una foca, no tuve más remedio.
Media hora después me di cuenta que por más que lo intentara no podía concentrarme. Había algo que me estaba molestando, que me estaba poniendo inquieta, y no tenía nada que ver con la duración del vuelo, ni con lo fea que me había parecido la comida, ni con lo incómoda que estaba en ese fucking asiento.
Lo que me estaba poniendo tan nerviosa, era el chico del asiento de al lado.
Ya había notado su presencia desde poco después del despegue en Buenos Aires. Al final tan solo el pasillo nos separaba, y la verdad es que era muy difícil no darse cuenta de que era un muchacho muy, muy atractivo. Sin embargo por algun inexplicable motivo me pareció bastante serio, o demasiado distante, asique asumí que era un antipático y decidí arbitrariamente evitar todo contacto visual con él.
El problema es que hacía por lo menos una hora que me había dado cuenta que ese chico no paraba de mirarme, sin intenciones de disimularlo. Y yo no me podía concentrar en mi lectura, porque cada vez que levantaba la vista de las páginas descubría que sus ojos estaban dirigidos hacia mi. Y me ponía nerviosa.
Intenté devolverle las miradas, cuidadosamente por supuesto. Crei que iba a hablarme, o a buscar algún tipo de contacto por lo menos, pero como pasado un rato no lo había hecho me enchufé los auriculares en señal de castigo y volvi a mi libro otra vez. Se ve que esa actitud lo molestó (de hecho, algún día me lo reconocería) porque automáticamente se puso mas serio, apagó la luz y se durmió por la hora y media que siguió.
Cuando volvió a despertarse todavía restaban casi cinco horas de vuelo. Las azafatas nos sirvieron un refrigerio y con eso me volvio a cambiar el ánimo. Miré disimuladamente al costado, y como una señal de tregua me saqué los auriculares.
El hizo lo mismo, y automáticamente cambió su expresión. Por la ventanilla se veía que aun era de noche, y que todavia faltaba un buen rato para el amanecer. "Todavía tenemos tiempo", pensé.
Finalmente una serie de acontecimientos confusos sin importancia (que incluyeron una azafata malhumorada y grosera, un pasajero borracho y un viejo charlatán) nos llevaron al primer contacto: la risa. La primera vez que escuché su voz, vi su sonrisa y sentí de lleno sus ojos puestos en los mios, supe que ese chico me encantaba.
No pude, les juro que no pude disimularlo.
Pero tampoco quise.
Como la persona que iba ocupando el lugar de la ventanilla se había cambiado de ubicación, me invitó a sentarme ahí con él. Yo ya me había percatado de ese detalle y esperaba esas palabras, por lo que no lo dudé y pasé del otro lado del pasillo. También me había percatado de otro detalle, que no era poca cosa: tenia acento gallego.
Durante las cuatro horas y media que pasaron hasta que llegamos a Madrid, tuvimos la que recordaré como la mejor conversación de mi vida. Yo estaba fascinada con él, y no tenía nada que ver con el hecho de que viviera en España, que hubiese viajado por todo el mundo o que fuera algunos años mayor que yo: sencillamente siempre había soñado con enamorarme de alguien asi. La forma en que pensaba, la forma en que hablaba, el modo en que me hacía sentir cuando me miraba o me rozaba la piel, todo en él era el fiel reflejo de la persona que siempre había fantaseado para estar a mi lado. Solo que jamás se me hubiera ocurrido que esa persona realmente pudiese llegar a existir.
"Que injusto conocer a alguien así y saber que no lo voy a volver a ver nunca más", pensé mientras aterrizábamos. Finalmente habíamos tocado tierra y había que volver a la realidad: yo tenía que tomar un avión para ir a otro sitio, el no vivía precisamente cerca de Madrid sino bien al norte de España y en quince días ya iba a estar de vuelta en Buenos Aires para pasar a ser un recuerdo ni siquiera recurrente.
Me acompañó unos diez minutos por el aeropuerto hasta que finalmente llegó el sitio en donde nos tocaba separarnos. Para ese entonces ya estaba totalmente desilusionada: no me había pedido mi teléfono, ni mi mail, ni siquiera el código de paloma mensajera. Todo había sido una fantasía transcurrida en mi cabeza, el chico no estaba interesado en mi y yo era una romántica de pronóstico irreversible.
Agarré mi bolso de mano y preparé el pasaporte de nuevo para pasar por el control, con ese inconfundible sabor amargo en la boca. Él se había quedado parado apenas a un metro, mientras revolvía algo en su maleta.
EL:
Vero, espera!
Me di vuelta y me dio, sonriendo, una tarjeta.
EL:
Aquí tienes todos mis datos, llámame o escríbeme si algun dia vienes por aquí!
Me dió dos besos, uno en cada mejilla, y se fue sonrriendo.
Lo primero en que pense mientras lo perdía de vista (y lo único que me repetí durante el resto del viaje) fue que tenía que volver a ver a ese chico: no sabía como, pero tenia que volver a verlo.
Cuando me di vuelta y vi las primeras luces del día, solo dos palabras salieron de mi boca:
Cuando me di vuelta y vi las primeras luces del día, solo dos palabras salieron de mi boca:
"Me enamoré"
Desde ese momento supe que con esa única certeza podía mover al mundo entero. Eso, y que el amor a primera vista no es ningún mito. No pasa solamente en las películas: existe en la vida real, y te puede cambiar la vida en cualquier momento.